Anfibia

Nadar me desconecta del mundo y me conecta conmigo misma. Soy una Piscis de manual, es lógico que entienda la vida como un viaje por diferentes mareas.

En 2017 una corriente de aguas turbulentas me enredó las piernas, braceé, pataleé, perdí el conocimiento. Cuando volví en mí estaba flotando, ajena a todo. No podía gritar ni nadar hasta una zona más segura. Me sentí tan frágil, tan mortal, que aún tengo aquel terror atravesando mi estómago.

Me ahogué mientras escribía, que paradójicamente es lo que me hace sentir viva. Escribir, pensé entonces, no me llevaría a ningún sitio. No me salvaría de nada. No me estaba salvando de nada. Cuanto más me aferraba a mis pensamientos y a mis patrones reciclados —métodos de afrontamiento viejos para problemas nuevos— más me hundía.

Seguía agarrada a mis fieras convicciones. A la esperanza de que alguien me rescataría. A las expectativas, propias y ajenas. A los límites autoimpuestos. A las decepciones, los errores, los portazos, la nostalgia, el dolor y sobre todo a esas tres palabras: «No puedo más».

Quedarme sin fuerza fue lo que me hizo entender. No se trataba de nadar a contracorriente, sino de fluir, de ser espuma. Solté peso (toxicidad, autoexigencia, responsabilidades que no me correspondían, planes) y me volví ligera, como una boya humana. Las olas me fueron llevando hacia la orilla y, por fin, hice pie. No de aprender, no de hacer, no de luchar, sino de dejar ir, de dejarse llevar. Todo este tiempo se trataba de eso.

Salí del agua con la lección aprendida: tengo derecho a claudicar; las rendiciones no son fracasos, solo altos en el camino. Ahora, sentada en el malecón, contemplo la tempestad que se aleja, las suaves ondas del mar en calma.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *