Lecciones que me ha dado una pandemia

1. No hagas planes.
2. Nada es tan importante, en realidad.
3. No puedes posponer mucho más el salto al e-book.
4. Tienes mucha suerte. (*)
5. Hasta ahora se ha demostrado que puedes vivir sin fe, pero ya sabes que no puedes vivir sin espiritualidad.
6. Aunque quieras creer que lo han sido en algún momento, los medios de comunicación ya no son fuentes fiables.
7. Es buen momento para dejar de usar Facebook.
8. Según la ética capitalista, tiempo muerto o no aprovechado es tiempo perdido. También es buen momento para dejar de autoexigirte tanto. (*)

Y me callo ya, porque los únicos que deberían poder hablar son el personal sanitario y de limpieza.

(*) Esto ya lo sabía.
(**) Me había propuesto hacer una lista de 10, pero veo que no llego. Y no pasa nada.

He venido aquí a hablar de mi libro

Quien diga lo contrario miente: escribir consume. Escribir desgasta, acaso porque es un acto invisible, que podría parecer inútil. Es un recomenzar continuo. Lo que a otras personas les parece belleza a menudo es solo la transliteración de una herida, de cierto tipo malestar para el que dudo que exista solución. 

He empezado a escribir poesía porque necesitaba, necesito contar que Belfast, aunque sea una ciudad complicada, me ha llenado de unas ganas inmensas. Di el primer paso sin pensarlo demasiado —porque en la vida hay que hacer cosas así—, como parte de una terapia irracional y autoimpuesta, sin saber que esa era mi manera de avanzar, de recomponerme.

Al principio me felicitaba por lo bien que fluían los poemas. Después de cada jornada contaba los versos y me invadía una gran prisa por concluir. Una noche soñé con el título del poema que dará nombre a la compilación. Si algo he aprendido de Dale Cooper es a confiar en que mis sueños tienen algún sentido. 

Pero desde que le puse título al poemario lo retomo y abandono, sintiéndome en una carrera de fondo que me agota. Un altibajo continuo, sin garantías. Otro estado de enajenación. Un desafío al que me obligo. A días me despierto decidida a borrar todo rastro. Con un solo clic me bajaría de un viaje absurdo en el que yo sola me he enrolado, sin rumbo, sin billete de vuelta, sin certezas, sin intención de complacer a nadie. Se arrastra a la papelera de reciclaje. Se suspende el simulacro. Puedes volver a la vida real, sienta la cabeza.

Con cuatro meses de gestación estoy tan feliz como exhausta, expectante por todo el camino que aún me queda, y me remueve el miedo. Y el síndrome de la impostora, claro. Desde que escribí el primer poema no he dejado de vivir en una náusea constante. Paradójicamente, está siendo de las mejores experiencias de mi vida.

Escritura cotidiana II: el silencio

Soy una fuente japonesa que se vierte cada veinticuatro horas más o menos. Eso es el silencio para mí: vaciarme. (Del borboteo de la cafetera. Plic. De semáforos vocingleros. Plic. De teclados echando fuego. Plic. De móviles reclamando atención. Plic. Y de mil estímulos que me agotan). Si estoy exhausta, me recojo el pelo y me abandono a la meditación. Sé que me hallo en calma cuando siento carpas de colores nadando bajo mis pies de bambú. 

Este texto es un ejercicio del curso Escritura cotidiana, de Lidia Luna.

Escritura cotidiana I: la luz

Acepto que mi vida no sea más que una colección de retratos camaleónicos, engarzados por un hilo sutil, como de telaraña, y en una de esas estampas me veo llevando una cámara, obsesionada con la luz más que con lo fotografiado. Recuerdo cómo me fascinaba el influjo de un fenómeno físico cotidiano que pasa tan desapercibido —damos por sentadas tantas cosas: que el sol brillará también mañana, que el corazón no nos estallará en el pecho de repente—; el modo irrepetible en que cada partícula del haz viaja hasta una superficie para impactar en ella o ser absorbida. Todo cobra un matiz único (erótico, grotesco, vibrante) bajo la luz adecuada.

Hace poco me mudé a una habitación propia sin mayor privacidad que unos estores que dejaron de girar hace quién sabe cuánto y dos pares de cortinas, translúcidas y color coral. Me consta que alguien, más de un día, me ha visto semidesnuda a través de las tablitas de madera, vistiéndome o desvistiéndome, bailando o recién levantada. Si Belfast se despereza melancólica su luz es pastosa y gris, insoportable y pegajosa como la misma humedad de estas calles. Pero otros días mi cubículo se inunda de un sol estridente, engalanado con gritos de gaviotas desesperadas. En esos días, la luz entra a borbotones a través de las ventanas de un modo obsceno. Resulta sensual contemplar ese fuego prendido en el aire, calentando unas sábanas en las que durante algún tiempo pervivió el olor de una muchacha pelirroja y que yo, confieso, rastreé como un sabueso varias noches antes de que se extinguiera por completo y echara a lavar, no sin una leve tristeza, las sábanas.

Sin persianas que me protejan de miradas y luz diurna, el alba me despertaba siempre antes de que sonara la alarma rutinaria, así que decidí oscurecer las ventanas con unos visillos caseros. Me divertí mucho cortando trozos de tela negra y fijándolos en los cristales. Los mismos vecinos, o vecinas, que me debieron de ver bailando o semidesnuda pensarían que, además de ser demente, consagro mi vida a la brujería o a cultos satánicos: no me peino, no me maquillo, y a menudo abro las ventanas y parezco peleada con el mundo, o quizá no solo lo parezco y lo estoy realmente. Al anochecer mis pupilas se relajan arrulladas por un tungsteno amoroso, como de almíbar; recortada contra la fachada de enfrente, la farola crea la silueta de algo que se me parece a un unicornio y me da la paz que debe de sentir una criatura en el regazo de su madre.

Anoche, antes de envolverme en el edredón, distinguí una bolita esponjosa y parduzca en el alféizar: un gorrioncito medio aterido parecía dormitar, o acaso solo reposaba unos minutos antes de batir las alas y desaparecer. Me ilusionó la idea de capturar su fragilidad titilante en una imagen, pero recordé que ya no soy fotógrafa, que hace mucho tiempo que soy otra cosa, sin saber muy bien qué o quién soy en definitiva, y cedí al sueño.

Este texto es un ejercicio del curso Escrituras cotidianas, de Lidia Luna.

Anfibia

Nadar me desconecta del mundo y me conecta conmigo misma. Soy una Piscis de manual, es lógico que entienda la vida como un viaje por diferentes mareas.

En 2017 una corriente de aguas turbulentas me enredó las piernas, braceé, pataleé, perdí el conocimiento. Cuando volví en mí estaba flotando, ajena a todo. No podía gritar ni nadar hasta una zona más segura. Me sentí tan frágil, tan mortal, que aún tengo aquel terror atravesando mi estómago.

Me ahogué mientras escribía, que paradójicamente es lo que me hace sentir viva. Escribir, pensé entonces, no me llevaría a ningún sitio. No me salvaría de nada. No me estaba salvando de nada. Cuanto más me aferraba a mis pensamientos y a mis patrones reciclados —métodos de afrontamiento viejos para problemas nuevos— más me hundía.

Seguía agarrada a mis fieras convicciones. A la esperanza de que alguien me rescataría. A las expectativas, propias y ajenas. A los límites autoimpuestos. A las decepciones, los errores, los portazos, la nostalgia, el dolor y sobre todo a esas tres palabras: «No puedo más».

Quedarme sin fuerza fue lo que me hizo entender. No se trataba de nadar a contracorriente, sino de fluir, de ser espuma. Solté peso (toxicidad, autoexigencia, responsabilidades que no me correspondían, planes) y me volví ligera, como una boya humana. Las olas me fueron llevando hacia la orilla y, por fin, hice pie. No de aprender, no de hacer, no de luchar, sino de dejar ir, de dejarse llevar. Todo este tiempo se trataba de eso.

Salí del agua con la lección aprendida: tengo derecho a claudicar; las rendiciones no son fracasos, solo altos en el camino. Ahora, sentada en el malecón, contemplo la tempestad que se aleja, las suaves ondas del mar en calma.