Nací en Madrid en 1986. Empecé a escribir cuentos en el colegio y desde entonces no he dejado de llenar cuadernos y libretas. He sido y soy totalmente autodidacta.

En 2001 me publicaron (y pagaron) por primera vez un relato, y en ese momento vi claro mi camino, aunque nunca haya tenido padrino que me colocara en él ni sherpa que me guiase. Tal vez la mezcla de vértigo, pudor y poder, que sentí entonces y aún siento hoy al saber que otras pupilas recorren mis letras, sea lo que me hace seguir.

El periodismo me dio una base muy valiosa desde la que buscar mi voz. De él tomé lo que me resultaba útil: la necesidad de hacer las preguntas adecuadas, la obsesión por ciertas palabras (contexto, enfoque, subjetividad), la paciencia para dejar descansar los párrafos que se atascan, la pericia para detectar el momento de retomarlos. El resto lo desaprendí, sin otro propósito que escapar de la cómoda piscina de la redacción y nadar a mi manera en el océano salvaje y vivo que es la literatura.

He pasado por un sinfín de empleos muy precarios y variopintos, y ninguno ha conseguido mermar mi entusiasmo. Desde 2017, cuando decidí formarme como correctora y lectora editorial, puedo decir que tengo, de verdad, el trabajo que siempre quise.

En 2019 me mudé a Reino Unido. Allí gesté mi primer poemario, que no parece tener prisa por nacer.