‘El hijo de Saúl’, fieramente humana

Cuando tenía diez años leí El diario de Ana Frank. Sé la fecha con exactitud porque nada más leerlo escribí en la página preliminar mi nombre y el año, y aún lo conservo. La edición es muy antigua, mexicana para más señas —aún me recuerdo buscando en el diccionario palabras como frijoles o recámara—, y la habían desechado en el trabajo de mi madre, como un objeto inservible. Recuerdo que disfruté con la lectura pero que no entendí muy bien la historia ni el contexto. Al terminarlo, tenía un montón de preguntas: ¿de qué o quién se escondían Ana y su familia? ¿Qué es un campo de concentración? ¿Qué significa ser judío? Un profesor cercano llegó a decirme que era una novela (!) como otra cualquiera, que aunque estuviera ambientada en la Europa del siglo XX tenía mucho de ficticia. Supongo que le inquietaba que una niña de esa edad quisiera saber esas cosas y salió por peteneras. Yo aún me pregunto si llegó aquel libro demasiado pronto a mis manos. 

Me enamoré muy temprano de la no ficción y en mi adolescencia pude estar a punto de obsesionarme con la Segunda Guerra Mundial y con la Guerra Fría a partes iguales. En mi época universitaria algunos profesores ponían a prueba la capacidad del alumnado de hacer malabares con palabras —algunos querían que explotáramos esa vena de epatar al lector, lo que nunca fructificó en mí—, y yo casi siempre dirigía mis trabajos, inconscientemente, sobre la dimensión humana de los conflictos bélicos, políticos o sociales. Es decir, sobre las personas. Por encima de las noticias me interesaban las motivaciones de quienes las protagonizaban; por encima del número de víctimas en un atentado me interesaban sus edades y los sueños y proyectos que habían dejado a medias; por encima de los tira y afloja políticos me interesaban quienes salían a la calle a defender su libertad. Me espantaba el sufrimiento ajeno y extremo, pero en ocasiones me sorprendía a mí misma volviendo sobre otros siglos, en busca de las historias dentro de la Historia, y eran las historias de derechos humanos arrebatados y cercenados las que más me estimulaban.

Después de Ana Frank vinieron Primo Levi, mi querido Maus y todo el rosario de obras tipo La lista de Schlinder: La vida es bella, El hundimiento, El pianista, Amén, El niño con el pijama de rayas, Shoah y algunas más. Todas me ayudaron a dar relieve a un episodio histórico que cobró perspectiva cuando comprendí que el exterminio de seres humanos no había sido llevado a cabo por monstruos, sino por otros seres humanos comunes, con sus pasiones, temores, debilidades y virtudes, no locos ni psicópatas, tan solo comprometidos hasta el tuétano con Hitler y cegados por la promesa del III Reich. Pero hay más. El Mec Yelern, los gulags, el genocidio ruandés, los Jemeres Rojos, Israel y Palestina. Si no nos diferenciamos, siquiera verbalmente, de los asesinos; si no establecemos una delimitación clara con el pasado ("era otro contexto"); si no los tratamos como monstruos, estamos aceptando que compartimos con ellos la misma naturaleza: la humana. Y que, por tanto, nosotros somos capaces del mismo mal si nos convencen con una causa bien aderezada con propaganda efectiva. Simple y arrollador. 

El hijo de Saúl (ópera prima de László Nemes, 2015) no se parece en nada a ninguna película hecha hasta el momento, precisamente porque es fieramente humana, con el permiso del poeta. No hay monstruos, solo la sombra de sus actos, solo las consecuencias de la monstruosidad, orquestada por personas perfectamente cabales que formaban parte de una ingeniería social desquiciada. Preñada de planos secuencia, sin música —no le hace ninguna falta—, es muy efectiva a la hora de conectar con el espectador. La cámara no se separa de Saúl y explota magistralmente el recurso de la profundidad de campo. El responsable de que me decantara por esta película y no por otra fue Jaime Soteras, probablemente la persona que conozco que más sabe de cine, aunque él nunca acepta esta premisa. (Además de buen periodista, es humilde).

Saúl (Géza Röhrig)

Saúl (Géza Röhrig)

[Posibles spoilers a continuación]


Un hombre con un propósito
Esta no es otra película sobre el Holocausto: es la historia de un protagonista individual entre miles de víctimas anónimas, de un hombre decidido que tiene como único propósito darle a su hijo un entierro digno, algo impensable en un campo de exterminio donde no hay tumbas ni nichos, solo chimeneas y fosas. No hay evidencia cinematográfica de que sea realmente su hijo, pero aceptamos de buen grado esa ambigüedad ya que Saúl, en todo caso, lo siente como suyo.

Porque a veces, aferrarse a una idea que reconforta es lo único que nos queda cuando nos sentimos náufragos. 
 

El infierno existió
Alaridos inhumanos, personas luchando por sus vidas desde el otro lado de la cámara en la que esperaban encontrar una ducha, cuerpos arrastrados por el suelo como reses inertes, prisioneros que se arrodillan para limpiar el suelo de la cámara de orines y otros restos, cenizas que se arrojan con indiferencia al río, depauperación y desesperación que conmueven. Es decir, todo aquello que imaginamos pero que no queremos que nos enseñen y que, aun así, necesitamos, de algún modo y por algún motivo, ver. A los cadáveres se les llaman piezas, como si se trataran de chatarra inservible. La brutalidad se traslada al exterior cuando la cámara muestra las fosas, en las que se hacinan los cadáveres porque los hornos no dan abasto. Los oficiales van liquidando una por una y sin dilación a las víctimas. Tras un simple disparo, éstas desaparecen. La fila no perdona ningún turno.
 


Gris, gris Auschwitz
La acción en El hijo de Saúl transcurre entre las cámaras de gas subterráneas y los hornos crematorios ubicados en un sótano lúgubre y claustrofóbico. Los tonos neutros y fríos (tierra, cadáveres, andrajos, suciedad) contrastan con un exterior luminoso, verde y vivo. De hecho, cerca del desenlace un grupo de prisioneros logra escapar (entendemos que hace alusión al levantamiento del Sonderkommando de 1944) y, a la vez que la tensión se libera en nosotros, el ojo también "descansa" gracias a los paisajes frondosos del bosque. El tratamiento de la luz y el color de esta película tampoco se parece a nada que haya visto anteriormente.

 

«Ya estamos muertos»
No hay descanso en el campo. Las cámaras y los hornos funcionan ininterrumpidamente, el trasiego es constante y el sentimiento de pérdida de cordura es permanente (y de esto el espectador participa directamente). Las humillaciones y el maltrato forman parte del día a día, incluso para los "privilegiados" componentes del Sonderkommando. Uno se pregunta si, en esas condiciones, el agotamiento emocional no sobrevendría antes que la extenuación física. Nadie se libra de la muerte, ni siquiera los kapos: alguien les ha añadido a una lista de hombres que ya no hacen falta. «Traicionaste a los vivos por un muerto», le reprochan a Saúl. «Ya estamos muertos», responde él. No hay escapatoria psíquica ni, por supuesto, física. El horror persiste aunque uno cierre los ojos, y los oídos, por desgracia, no pueden cerrarse. Los llantos no cesan y el crepitar de los cuerpos es estremecedor. Dudo que nadie en Auschwitz llegara a sospechar jamás qué delito había cometido para acabar allí.
 

 

En definitiva: intensa y brutal, sin concesiones. O, en palabras textuales de Soteras, «dura pero necesaria». 

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