Escribo para convertirme en bestia, para enfermar y sanar a la vez.

Me gusta escribir sobre identidades, cuerpos, mujeres, supervivencia, olores y ciudades. Me gustan los escritores locos, los esperanzados y los que lanzan mensajes en botellas al mar. Me gustan los personajes grotescos, molestos, asimétricos, obsesionados, frágiles, ambiguos. Me gusta abandonar un libro que no me interesa, cerrarlo enfadada y arrumbarlo con violencia, como quien estrella loza contra la pared. Me gusta sufrir con novelas, llorarlas hasta berrear empapada en mocos.

No me gustan las etiquetas, el postureo Moleskine, la prosa inútil, las fajas de los libros. No me gusta dárselo todo a quien me lee. No me gusta que se endiose a auténticos mediocres. No me gustan los autores con carné, los exhibicionistas, los complacientes ni los equidistantes.

Creo que la historia de España debería estudiarse desde Federico García Lorca y Los santos inocentes; y que deberían contarla los pobres, los no privilegiados, los exiliados. Creo en el placentero derecho a leer sin orden. Creo que hay belleza en casi todo, siempre que quieras enjuiciar la estética.

No creo que el prestigio valide necesariamente ninguna firma: es muy sencillo comprar o heredar fama, pero trabajársela cuesta muchísimo. No creo que debamos aceptar sin rechistar que haya un modo de escribir masculino o femenino. Y aunque no creo en el destino, concuerdo con Kate Bolick en que los libros nos encuentran cuando debemos ser encontrados.