Escritura cotidiana I: la luz

Acepto que mi vida no sea más que una colección de retratos camaleónicos, engarzados por un hilo sutil, como de telaraña, y en una de esas estampas me veo llevando una cámara, obsesionada con la luz más que con lo fotografiado. Recuerdo cómo me fascinaba el influjo de un fenómeno físico cotidiano que pasa tan desapercibido —damos por sentadas tantas cosas: que el sol brillará también mañana, que el corazón no nos estallará en el pecho de repente—; el modo irrepetible en que cada partícula del haz viaja hasta una superficie para impactar en ella o ser absorbida. Todo cobra un matiz único (erótico, grotesco, vibrante) bajo la luz adecuada.

Hace poco me mudé a una habitación propia sin mayor privacidad que unos estores que dejaron de girar hace quién sabe cuánto y dos pares de cortinas, translúcidas y color coral. Me consta que alguien, más de un día, me ha visto semidesnuda a través de las tablitas de madera, vistiéndome o desvistiéndome, bailando o recién levantada. Si Belfast se despereza melancólica su luz es pastosa y gris, insoportable y pegajosa como la misma humedad de estas calles. Pero otros días mi cubículo se inunda de un sol estridente, engalanado con gritos de gaviotas desesperadas. En esos días, la luz entra a borbotones a través de las ventanas de un modo obsceno. Resulta sensual contemplar ese fuego prendido en el aire, calentando unas sábanas en las que durante algún tiempo pervivió el olor de una muchacha pelirroja y que yo, confieso, rastreé como un sabueso varias noches antes de que se extinguiera por completo y echara a lavar, no sin una leve tristeza, las sábanas.

Sin persianas que me protejan de miradas y luz diurna, el alba me despertaba siempre antes de que sonara la alarma rutinaria, así que decidí oscurecer las ventanas con unos visillos caseros. Me divertí mucho cortando trozos de tela negra y fijándolos en los cristales. Los mismos vecinos, o vecinas, que me debieron de ver bailando o semidesnuda pensarían que, además de ser demente, consagro mi vida a la brujería o a cultos satánicos: no me peino, no me maquillo, y a menudo abro las ventanas y parezco peleada con el mundo, o quizá no solo lo parezco y lo estoy realmente. Al anochecer mis pupilas se relajan arrulladas por un tungsteno amoroso, como de almíbar; recortada contra la fachada de enfrente, la farola crea la silueta de algo que se me parece a un unicornio y me da la paz que debe de sentir una criatura en el regazo de su madre.

Anoche, antes de envolverme en el edredón, distinguí una bolita esponjosa y parduzca en el alféizar: un gorrioncito medio aterido parecía dormitar, o acaso solo reposaba unos minutos antes de batir las alas y desaparecer. Me ilusionó la idea de capturar su fragilidad titilante en una imagen, pero recordé que ya no soy fotógrafa, que hace mucho tiempo que soy otra cosa, sin saber muy bien qué o quién soy en definitiva, y cedí al sueño.

Este texto es un ejercicio del curso Escrituras cotidianas, de Lidia Luna.

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