He venido aquí a hablar de mi libro

Quien diga lo contrario miente: escribir consume. Escribir desgasta, acaso porque es un acto invisible, que podría parecer inútil. Es un recomenzar continuo. Lo que a otras personas les parece belleza a menudo es solo la transliteración de una herida, de cierto tipo malestar para el que dudo que exista solución. 

He empezado a escribir poesía porque necesitaba, necesito contar que Belfast, aunque sea una ciudad complicada, me ha llenado de unas ganas inmensas. Di el primer paso sin pensarlo demasiado —porque en la vida hay que hacer cosas así—, como parte de una terapia irracional y autoimpuesta, sin saber que esa era mi manera de avanzar, de recomponerme.

Al principio me felicitaba por lo bien que fluían los poemas. Después de cada jornada contaba los versos y me invadía una gran prisa por concluir. Una noche soñé con el título del poema que dará nombre a la compilación. Si algo he aprendido de Dale Cooper es a confiar en que mis sueños tienen algún sentido. 

Pero desde que le puse título al poemario lo retomo y abandono, sintiéndome en una carrera de fondo que me agota. Un altibajo continuo, sin garantías. Otro estado de enajenación. Un desafío al que me obligo. A días me despierto decidida a borrar todo rastro. Con un solo clic me bajaría de un viaje absurdo en el que yo sola me he enrolado, sin rumbo, sin billete de vuelta, sin certezas, sin intención de complacer a nadie. Se arrastra a la papelera de reciclaje. Se suspende el simulacro. Puedes volver a la vida real, sienta la cabeza.

Con cuatro meses de gestación estoy tan feliz como exhausta, expectante por todo el camino que aún me queda, y me remueve el miedo. Y el síndrome de la impostora, claro. Desde que escribí el primer poema no he dejado de vivir en una náusea constante. Paradójicamente, está siendo de las mejores experiencias de mi vida.

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